La revolución de los brujos es que se rehúsan a honrar acuerdos en los
que no participaron. Nadie me preguntó si consentiría en ser devorado
por seres de otro tipo de conciencia. Mis padres sólo me trajeron a este
mundo para ser comida, como ellos, y ese es el fin de la historia.
Carlos Castaneda, El Lado Activo del Infinito
No puedo imaginar nada más aterrador que ser el alimento de un
depredador invisible. Que incluso en este preciso momento, imposible de
percibir para el estado actual de mi conciencia, esté siendo devorado
lentamente por una entidad evolutivamente más elevada, que, de igual
manera que nosotros nos alimentamos de seres que concebimos como
evolutivamente inferiores, encuentre en mí el alimento necesario para
sobrevivir y posiblemente seguir escalando en la pirámide de la
conciencia universal.
Pienso en aquellas películas de terror que uno ve para sentir una
sensación muy particular, un rush existencial, en las que generalmente
había un asesino o entidad maligna que acechaba a los protagonistas (de
los cuales nosotros éramos sucedáneo). Este rol antagónico era más
efectivo, generaba más miedo, en la medida en la que era más indefinido,
más abstracto y metafísico. Es el horror cósmico de Lovecraft o los
poderes supernaturales de los personajes de Stephen King. Pienso que tal
vez este ascenso del terror en proporción a lo incognoscible, al
misterio de lo paranormal, tiene una profunda ancla en la mente
colectiva de la humanidad. Tal vez es un vestigio del mirífico atisbo de
los dioses y demonios que habitan el mundo –o al menos habitan la
psique que proyecta, sobre la cueva de lo real, una historia del mundo.


